Carta a Raquel

de Murcho, Alejandra Mercedes

 

Mi querida Raquel:

Hace tiempo que busco el momento para escribirte,trato de descolgarme de la vida para hacerlo y siempre una ráfaga de exigencias cotidianas me atan sin respiro y dejo de concretarlo. Además mis movimientos son cada vez mas lentos y torpes, y los chicos no se  cansan de pedirme y exigirme más, como si eso los hiciera olvidar de mis piernas en decanso eterno. Pero voy al punto que me dio lugar para dejar todo de lado y contarte. Por las tardes, Felisa me lleva a pasear, para que no deje de saber cómo es la vida fuera de casa, nuestros paseos no son muy alejados de esta, pues si no la pobre Felisa va perdiendo peso, mientras que yo lo sumo.

La semana pasada, decidimos hacer algo diferente, pues en realidad estoy viendo un costado de la vida, y tuvimos la feliz idea de tomar el tren y ver si el mundo sigue igual donde los vientos soplan más ligero en las esquinas de la gran Capital. Pero, mi querida Raquel, si yo sigo viviendo es porque amo los misterios que la vida nos da y nos pasamos buscando el porqué de esa situación, pero nunca hallamos respuesta, y antes de caer en el olvido nos enfrentamos con un nuevo misterio que se posa a nuestros pies y seguimos la rueda de la búsqueda hasta encontrar nuestras almas.

Toda esta perorata es porque el tren se detuvo y tuvimos que descender en nuestra hermosa Barrancas de Belgrano. Mi corazón empezó a caminar y me convenci de que mis piernas también.

Estuve por nuestro viejo y amado barrio, aún sin cerrar los ojos veia tu vestido de plumeti con pintitas rosas, los zapatos guillermina de charol y las infaltables medias que terminaban con sus puntillas bien armadas.

Siempre que te recuerdo niña, lo hago con nuestras mejores ropas,

¿por qué mamá se exigió tanto? Todo lo mejor para nosotras, aún cuando ibamos de pícnic. ¿Sabría de nuestros dolores futuros y nos cubrió de lo mejor para atenuar el peso del hoy?

Pero lo que más me conmovió fue ver nuevamente la casa, todavía no sé si me da alegría o melancolía que vuelve en lágrimas, es tan misterioso ese sentimiento que te escribiría páginas enteras y no terminaría de descifrarlo. Es todo una ternura, olvido, vacío, silencio. ¡¿Por qué tanta felicidad que no pudo continuar?!

El exterior de la casa se mantiene igual: el largo paredón bajo, donde descansan las altas rejas que siguen mirando al cielo, nunca han dejado de hacerlo desde que mamá murió, ¿recuerdas? Papá las puso para resguardar lo que ella ya no podía hacer.

Me quedé un tiempo tomada a la barra de la reja, creo que llegué a entibiarla, fue mucho el tiempo que estuve; Felisa respetó mi silencio y mi espera, no podia abandonar esa reja y menos el tiempo de mis sueños que corrían vertiginosamente sin piedad. En realidad no la quería soltar, era mía. Me pertenecía, ella y todo lo que resguardaba:  nuestra vida, sentidos, sensaciones, eso no se vendió nunca, cuanto habia quedado de nosotros. No hay derecho que otros rocen nuestros rezos, intenciones y amaneceres… Una puerta se abrió y avanzó un hombre mayor de buen porte… No me cacheteó, pero lo sentí y me desconectó de los sueños, como niño al que se le escapa el globo al cielo. El hombre nos preguntó si necesitábamos algo, le dije quién era, por supuesto que no me reconoció pero recordaba a papá y nos invitó a pasar, que era lo que yo deseaba. Creo que mi silla de ruedas le dio confianza. Para mí, se abrieron las puertas del paraíso, deseaba pasear por el parque. Suponía que era lo que más se mantendría según nuestro recuerdo, el interior de la casa no me interesaba, ya que adquiere rápidamente el gesto del nuevo dueño.

Tomamos el camino de la izquierda que nos llevaba a la fuente  —aún se conservan las lajas que eligió mamá—,  le dije al Sr. Paz Quiroga que deseaba contemplar el parque, que no queríamos comprometerlo en ver la casa y él nos respondió que era un placer hacerlo y que no existía compromiso alguno, aún más, para él era una compañia, ya que su mujer hacía poco que había muerto.

Mi pensamiento sumó otra muerte más en la casa de mi crecer.

Cuando pude divisar la fuente, frené la silla y lo que mis piernas no podían hacer pretendió hacerlo mi mente: huir espantada: las diosas del parque del sur no estaban. Raquel, ¡nuestras estatuas habían desaparecido!  Nuestras creaciones de incontables días, cuando cada poro sabía de nuestras pretensiones, memorias, caprichos que sufríamos.

Por instantes,  los dos esperaron mi silencio y mi rostro quedó sin nada. Después reaccioné y le pregunté al Sr. Paz Quiroga si recordaba las estatuas que estaban junto a la fuente.  “Sí, las recuerdo muy bien, pero no sé si sabía que mi mujer había pactado con su padre que ellas quedarían junto a la fuente para velar por la casa. Ella era muy animosa de todo lo esotérico y cuando daba su palabra, la cumplía hasta su eternidad. Mi mujer fue la única de la casa que se quedó con la verdadera historia de las estatuas. “

Su padre fue muy convincente o, de lo contrario, la historia habría tenido un trasfondo espiritual para que ella, que era absolutamente celosa de su disposición, obedeciera con tanta humildad. Digo con humildad y mucha veneración, pues confieso que por momentos pensé que esas figuras la iban a trastornar. Tomó costumbres nunca practicadas antes: aún en las mañanas frías, su primer hacer era no sabría decirle si las saludarlas o implorarles o rezarles o, tal vez, ella se sentía bendecida. Yo desde la casa miraba cómo su boca reía. Nunca le pregunté qué sentía por esas figuras, entre nosotros había silencios que no eran secretos, era sentir que la privacidad existe, a pesar de la simbiosis del amor.

Pues bien, señora, Usted me pregunta por las “figuras del cielo”, como las llamaba mi mujer. Y es una respuesta que vengo buscando desde que mi mujer partió.

El día que regresé del cementerio, acompañado de mi reducida familia y personal de la casa, no tomamos en cuenta la falta de ellas. Al día siguiente, una de las encargadas de la casa, vino a avisarme con mucha congoja y miedo también, pensando que no solo faltaban las estatuas. Dimos un recorrido por el parque y nada: faltaba solo ellas, las estatuas. Donde ellas antiguamente estaban no había pisadas, ni agresión alguna en la tierra. Quedé perplejo, no tuve miedo. Pensé muchas cosas, pero solo quedé con el pensamiento lindo que alivió mi alma: que mi mujer no había partido sola. Sonreí con el gran hueco que habían dejado las figuras, pensando que ella estaría acompañada con sus mujercitas a las que tanto había cuidado.

Raquel, nuestro secreto no se lo entregué,  a pesar de ser un hombre noble, confesándome el suyo. Papá seguramente lo habría hecho con la Sra, Paz Quiroga, por eso las cuidó tanto. Dime,  ¿por qué ese día un paseo diferente, por qué el tren se averió, por qué llegué a la casa, quién me llamó para saber el último destino de nuestras hermanas? ¿Estarán con mamá? Vivo la fascinación que me produce el misterio que carga la vida, aún sin poder caminarla.

Hermana, te quiero mucho y espero respuesta tuya, si es que la tienes.

 

PATRICIA

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